El biólogo Pablo Scarabotti, investigador del Conicet y docente de la UNL, explicó que las inundaciones permiten que especies como el sábalo, el dorado y el surubí encuentren refugio y alimento para sus crías en las lagunas y bañados de la región. Advirtió que las bajantes prolongadas afectan la supervivencia de las nuevas generaciones y sostuvo que es necesario aprender a convivir con los ciclos naturales del río.
Las crecientes del río Paraná suelen asociarse con riesgos para las poblaciones ribereñas, anegamientos y dificultades para quienes viven en las zonas bajas de Santa Fe, al igual que ocurre en otras regiones atravesadas por este río. Sin embargo, esos mismos procesos naturales cumplen una función fundamental para la vida del ecosistema fluvial: favorecen la reproducción y supervivencia de numerosas especies de peces -entre otras especies- que sostienen la biodiversidad y la actividad pesquera de la región.
En el Gran Santa Fe, donde el Paraná y sus brazos se conectan con un extenso sistema de islas, lagunas y bañados, el fenómeno de El Niño puede propiciar las condiciones hidrológicas que necesitan especies como el sábalo, el dorado, el surubí, el patí y la boga para reproducirse con éxito.
Así lo explicó Pablo Scarabotti, doctor en Ciencias Biológicas, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y docente de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), durante una entrevista realizada en el marco del Primer Congreso Argentino de Ictiología, que se desarrolló en la ciudad de Santa Fe del 18 al 21 de octubre de 2026.
“Las especies que integran las pesquerías de acá de la zona de Santa Fe —sábalo, dorado, surubí, patí, boga— tienen una dinámica reproductiva íntimamente ligada a los pulsos de inundación”, señaló el especialista.
Según explicó, las crecientes extraordinarias permiten que las larvas de peces ingresen a la llanura aluvial, donde encuentran ambientes protegidos, vegetación y abundante alimento. Esa combinación aumenta sus posibilidades de supervivencia y contribuye a sostener las poblaciones que, años después, forman parte de las pesquerías regionales.
Cómo las crecientes ayudan a que nazcan más peces
Scarabotti detalló que los pulsos de inundación en esta zona no ocurren necesariamente todos los años, sino que pueden presentarse con intervalos de entre dos y siete años, aproximadamente. En su explicación, estos eventos están vinculados, en buena medida, con los fenómenos de El Niño.
Los peces migratorios que habitan la cuenca evolucionaron y se adaptaron a esa dinámica. Como tienen una vida relativamente larga —pueden vivir entre 10 y 20 años—, disponen de varias oportunidades reproductivas durante su existencia.
“Estas especies están adaptadas a percibir la llegada de una creciente extraordinaria o de un repunte”, explicó. Cuando el nivel del río comienza a subir, “maduran las gónadas, se produce el desove y los huevos son fecundados en la corriente”.
Luego, los huevos derivan aguas abajo durante dos o tres días, hasta transformarse en larvas. Cuando el río desborda y conecta los cauces con las lagunas y los bañados, esas larvas pueden ingresar a la llanura aluvial, donde encuentran mejores condiciones para desarrollarse. “Una vez que ingresan ahí, tienen un lugar al reparo con refugios donde hay vegetación, están muy protegidos de los depredadores y además tienen mucha abundancia de alimento”, describió el biólogo.
Durante sus primeras etapas de vida, las larvas se alimentan de zooplancton y, posteriormente, de materia orgánica en descomposición acumulada en los fondos. La disponibilidad de estos recursos, sumada a la presencia de vegetación acuática y zonas de escasa profundidad, convierte a esos ambientes en auténticas áreas de cría.
La magnitud de la reproducción ayuda a dimensionar la importancia de estas condiciones. “Un sábalo puede desovar hasta 1 millón de huevos”, precisó Scarabotti. Por eso, incluso un incremento relativamente pequeño en la proporción de huevos y larvas que sobreviven puede producir un efecto significativo sobre la población adulta.
El efecto de las bajantes prolongadas
El escenario cambia cuando el río permanece bajo durante mucho tiempo, como ocurrió hace algunos años atrás en Santa Fe. Aunque los peces pueden desovar, las larvas no logran ingresar a los ambientes laterales que necesitan para desarrollarse. “Si el río está bajo —una bajante extraordinaria como la que tuvimos prácticamente de 2019 a 2022—, estos peces igual desovan y las larvas siguen derivando por los canales, pero no entran en la llanura aluvial”, explicó.
En esas condiciones, las crías quedan más expuestas a los depredadores y tienen menos acceso a refugios y alimento. Como consecuencia, la supervivencia puede ser extremadamente baja y una generación entera puede quedar prácticamente ausente de las capturas de los años siguientes.

